18. Decimoctavo día: Educar el corazón
El Adviento es un tiempo privilegiado para educar el corazón. No solo para enseñar ideas o normas, sino para formar la sensibilidad interior, esa capacidad de percibir el bien, de reconocer al otro, de abrirse a Dios. En estos días de espera, la familia se convierte en la primera escuela del amor, y cada gesto cotidiano deja una huella que perdura.
Educar el corazón no consiste en discursos largos ni en exigencias duras. Se educa el corazón cuando se enseña a compartir sin obligar, cuando se invita a respetar con el ejemplo, cuando se muestra que la oración no es una carga, sino un encuentro. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que oyen. Por eso, cada acto de generosidad, cada palabra respetuosa, cada momento de oración compartida va moldeando silenciosamente su interior.
Adviento es el tiempo ideal para sembrar estas semillas. Enseñar a un niño a ceder un juguete, a decir “gracias”, a pedir perdón, a rezar antes de dormir, a pensar en quien tiene menos… todo eso construye un pesebre interior donde Jesús podrá nacer con alegría. Son gestos pequeños, pero cargados de eternidad.
Educar el corazón es preparar el futuro con fe. Es ayudar a los hijos a crecer no solo en habilidades, sino en humanidad. Es formar personas capaces de amar, de esperar, de confiar. En un mundo que a menudo educa para competir, el Adviento recuerda que el verdadero crecimiento está en aprender a darse.
La familia que educa el corazón está construyendo algo más grande de lo que imagina. Está preparando hombres y mujeres capaces de vivir la fe de manera auténtica, de cuidar al prójimo, de reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano. Cada corrección hecha con amor, cada límite puesto con paciencia, cada ejemplo silencioso cuenta.
Adviento nos invita a mirar la educación como un acto de esperanza. Allí donde se cuida el corazón de un niño, Dios ya está trabajando. Y cuando el corazón es educado en el amor, la Navidad deja de ser una fecha y se convierte en una forma de vivir.
Porque educar el corazón es, en el fondo, enseñar a hacer espacio para Dios. Y ese espacio, preparado con ternura y fe, es el mejor pesebre que una familia puede ofrecerle al Niño que viene.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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