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DIC
2025

17. Decimoséptimo día: La luz vence a la oscuridad



17. Decimoséptimo día: La luz vence a la oscuridad

El Adviento proclama una verdad que sostiene la fe incluso en las noches más largas: la oscuridad no tiene la última palabra. Por más densas que sean las sombras, por más prolongada que parezca la noche, la luz de Cristo siempre termina venciendo. No de forma violenta ni estridente, sino con la fuerza serena de lo que es verdadero.

La Navidad no es un cuento optimista; es una proclamación realista y profundamente esperanzadora. Dios entra en la historia precisamente cuando la oscuridad parece imponerse. Entra como un Niño, pequeño, frágil, silencioso. Pero basta esa luz humilde para romper la noche. Una sola vela encendida es suficiente para demostrar que la oscuridad no es invencible.

Cada vez que alguien enciende una vela, algo cambia. No desaparece toda la noche, pero ya no es la misma. Así actúa Dios en nuestra vida: no siempre elimina de inmediato los problemas, pero nos da luz para atravesarlos. El Adviento nos recuerda que ninguna oscuridad es definitiva, que ningún sufrimiento es eterno, que ninguna herida queda fuera del alcance de la luz de Cristo.

En la vida familiar también hay sombras: preocupaciones, cansancios, silencios difíciles, momentos de incertidumbre. Pero cuando alguien decide encender una luz —una palabra de ánimo, un gesto de ternura, una oración compartida, un perdón ofrecido— la noche comienza a ceder. La luz avanza, crece, sostiene. Y lo hace de manera casi imperceptible, pero real.

El Adviento nos educa en esta esperanza concreta. No una esperanza ingenua, sino una esperanza firme, que sabe que Dios ya ha entrado en la oscuridad del mundo y la ha vencido desde dentro. La luz no niega la noche; la transforma.

Creer que la luz vence a la oscuridad es una elección diaria. Es decidir no dejarse dominar por el miedo, la desesperanza o el cansancio. Es confiar en que, incluso cuando no vemos el final del camino, la luz ya está presente, acompañando cada paso.

Por eso, en este día del Adviento, la invitación es sencilla y poderosa: enciende una luz. Una vela, una sonrisa, una oración, un acto de amor. Quien enciende una luz, por pequeña que sea, ya ha derrotado una parte de la noche. Y allí donde la luz permanece, Cristo ya está naciendo.

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial. 


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