15. Decimoquinto día: Mirar a los más vulnerables
El Adviento afina la mirada. Nos enseña a ver lo que a menudo pasa desapercibido, a detenernos donde la rutina ya no se detiene. En todo hogar hay alguien que carga más de lo que dice, que se cansa más de lo que muestra, que sufre en silencio para no incomodar. Y muchas veces, la misión no está lejos ni es complicada: está ahí mismo, al lado, esperando atención.
¿Quién
está más cansado en casa?
¿Quién necesita compañía, aunque no la pida?
¿Quién se ha vuelto silencioso, retraído, invisible?
Estas preguntas no buscan generar culpa, sino despertar el amor. Porque Adviento no es solo preparar la casa por fuera, sino aprender a cuidar mejor por dentro. Y cuidar comienza por mirar con el corazón, no solo con los ojos.
Cada hogar tiene un miembro más frágil en algún momento: un niño que no sabe expresar lo que siente, un adulto agotado por las responsabilidades, un abuelo que añora compañía, alguien que atraviesa una preocupación callada. El más frágil no siempre es el más débil a simple vista; a veces es el más fuerte, precisamente porque sostiene mucho en silencio.
Mirar al más vulnerable es un acto profundamente evangélico. Jesús siempre se detuvo ante quien quedaba al margen, ante quien no gritaba, ante quien no tenía fuerzas para hacerse notar. Por eso, Adviento nos recuerda una verdad esencial: la misión empieza por casa. No hace falta ir lejos para encontrar a Cristo; Él se deja encontrar en el rostro del más frágil que tenemos cerca.
Cuidar al más vulnerable no siempre requiere grandes gestos. A veces basta una pregunta sincera, un rato de escucha, un silencio compartido, una ayuda concreta. Son gestos pequeños, pero tienen un peso eterno. Porque cada vez que cuidamos con amor al más frágil, estamos cuidando a Jesús mismo.
Este tiempo de Adviento nos invita a volver a mirar el hogar con ojos nuevos. A descubrir que la santidad cotidiana se construye con atención, paciencia y ternura. Allí donde alguien se siente visto, acompañado y sostenido, el corazón se abre. Y donde el corazón se abre, Dios ya está actuando.
Mirar al más vulnerable es aprender a amar como ama Dios. Y cuando una familia vive así, la Navidad deja de ser solo una celebración: se convierte en una presencia viva que habita la casa y transforma la vida desde dentro.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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