13. Decimotercer día: Alegría que nace de la fe
La alegría cristiana no es ruido ni euforia pasajera. No depende de que todo salga bien ni de que la vida esté en orden. La alegría del Adviento nace de una certeza profunda y serena: Dios viene. Y cuando esta verdad se arraiga en el corazón, nada —ni el cansancio, ni las preocupaciones, ni las sombras— logra apagarla del todo.
Vivimos en una cultura que confunde alegría con distracción y felicidad con consumo. Pero la alegría que brota de la fe es distinta: no se impone, no se exhibe, no grita. Se cuela suavemente entre las grietas de la vida cotidiana. Aparece en medio de un día difícil, en una palabra de aliento, en la confianza de saber que la historia no está abandonada a la improvisación, sino sostenida por la promesa de Dios.
Adviento es el tiempo de esa alegría discreta pero firme. No ignora el dolor ni niega las dificultades; las atraviesa con esperanza. Sabe que Dios no ha terminado su obra, que el mal no tiene la última palabra y que la luz siempre encuentra camino para abrirse paso. Por eso, incluso cuando hay fatiga o incertidumbre, el corazón creyente puede alegrarse: la promesa es firme.
En la vida familiar, esta alegría se vuelve testimonio. Una familia que elige alegrarse, aun en la prueba, se convierte en luz para los demás. No porque todo sea fácil, sino porque decide confiar. Esa elección cotidiana —sonreír a pesar del cansancio, agradecer aun en la escasez, sostener al otro cuando flaquea— ilumina más que cualquier adorno. La alegría compartida fortalece los vínculos y crea un clima donde la esperanza respira.
La alegría del Adviento es también una escuela del corazón. Nos enseña a mirar más allá del momento presente, a no quedarnos atrapados en lo inmediato, a recordar que Dios cumple lo que promete. Nos invita a celebrar no solo lo que ya vemos, sino lo que está en camino. Y eso cambia la manera de vivirlo todo.
Elegir la alegría es un acto de fe. Es decirle a Dios: “Confío en Ti, incluso ahora”. Y cuando esa confianza se hace vida, la alegría deja de depender del estado de ánimo y se convierte en una fuerza interior que sostiene, acompaña y contagia.
Porque donde hay fe, hay alegría. Y donde hay alegría nacida de la fe, el Adviento ya está dando fruto.
Pbro. Alfredo Uzcátegui
Vicario parroquial.
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