12. Duodécimo día: Sembrar paciencia
En tiempos donde todo parece inmediato, la paciencia se vuelve una forma de resistencia espiritual. Las cosas profundas —las que realmente transforman la vida— crecen despacio. Ningún árbol da fruto de un día para otro, ninguna amistad madura en una tarde, ningún corazón sana con prisa. Así también actúa Dios: con delicadeza, con tiempo, con esa sabiduría que no se rinde a la urgencia humana.
La paciencia no es pasividad ni resignación. Es un fruto espiritual, no psicológico. No depende del temperamento, sino de la confianza en Dios. Crece cuando uno respira hondo y recuerda que es el Señor quien lleva el ritmo, no el calendario comercial, ni las expectativas ajenas, ni los cronogramas que nos imponemos. La paciencia brota cuando dejamos de empujar la vida y empezamos a acompañarla.
Adviento es, por excelencia, el tiempo de la paciencia. Israel esperó siglos al Mesías. María esperó nueve meses al Salvador. José esperó en silencio para comprender los caminos de Dios. Los pastores esperaban una noche tranquila cuando se encendió el cielo. Todo en la Navidad se gesta lentamente, suavemente, sin ruido.
En la vida familiar, sembrar paciencia significa aprender a mirar al otro con misericordia. Entender que cada persona tiene su proceso, su ritmo, su historia. La paciencia acolchona la convivencia, suaviza las tensiones, evita juicios apresurados y abre espacio para el crecimiento. Una familia paciente no se desespera ante las dificultades: respira, confía, camina, espera. Y en esa espera, Dios actúa.
La impaciencia, en cambio, rigidiza el alma. Hace que todo parezca urgente, dramático, imposible de soportar. Pero cuando uno recuerda que Dios no trabaja a los golpes, sino con suavidad; no con prisas, sino con fidelidad; no con ansiedad, sino con sabiduría… entonces la vida se aquieta y el corazón se ordena.
Sembrar paciencia es creer que lo bueno está en camino, incluso cuando no lo vemos. Es aceptar que la gracia tiene su hora y que nunca llega tarde. Es confiar en que la semilla ya está plantada, y que crecerá a su tiempo. Dios no se olvida de lo que siembra.
Cuando una familia cultiva la paciencia, incluso las tormentas se vuelven más livianas. La paz encuentra terreno donde enraizar, y el Adviento se convierte en un tiempo de serenidad profunda. Porque allí donde alguien decide esperar con fe, Dios comienza a hacer florecer su obra.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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