10. Décimo día: Dejar espacio para lo esencial
El Adviento es un susurro que nos recuerda algo fundamental: la Navidad no es acumulación, es despojo. No se trata de llenar la casa de adornos, sino de vaciar el corazón de lo que lo agobia; no de multiplicar actividades, sino de simplificar la vida; no de correr más, sino de detenernos para escuchar. Jesús no nació en un palacio porque allí no había espacio para Él; nació en un pesebre porque la humildad siempre deja lugar.
El mundo nos empuja hacia una falsa abundancia: más compras, más ruido, más compromisos, más exigencias. Pero la lógica del Evangelio es distinta. La Navidad auténtica no cabe en un corazón saturado, agitado o abarrotado de preocupaciones. Cristo no puede nacer donde no hay silencio interior, donde todo está ocupado por tensiones, enojos o deseos superficiales.
Por eso, Adviento es una invitación a revisar lo que sobra. Sobra el ruido que no permite escuchar la voz de Dios. Sobran las cosas acumuladas que distraen de lo esencial. Sobran los enojos que se arrastran sin necesidad. Sobran las compras impulsivas que prometen felicidad momentánea pero no llenan el alma.
“Hacer espacio a lo esencial” no es renunciar a la alegría de la celebración; es prepararla mejor. Es permitir que el corazón respire. Es ordenar la vida para que la gracia encuentre dónde reposar. Es darnos cuenta de que, cuando el alma está ligera, la presencia de Dios se vuelve más clara.
En
familia, este gesto puede tomar formas muy sencillas:
– regalar tiempo en lugar de cosas,
– conversar en lugar de discutir,
– rezar en lugar de correr,
– compartir en lugar de acumular.
Cada espacio que se libera —una hora de silencio, un rincón de paz, una renuncia generosa— se convierte en tierra fértil para el nacimiento del Señor.
Cuando la familia hace espacio, Dios ocupa ese lugar con su paz. No con una paz superficial, sino con una paz que arraiga en lo hondo, que ordena la vida, que ilumina, que renueva. La paz de Dios no compite con el ruido: simplemente lo desplaza, como la luz desplaza la oscuridad.
Adviento nos pide finalmente un acto de valentía espiritual: dejar ir lo que no alimenta y abrazar lo que sí. Y al hacerlo, descubrimos una verdad luminosa: el corazón humano está hecho para recibir a Cristo, pero solo puede hacerlo cuando está libre.
Donde hay espacio, Dios llega. Donde hay silencio, Dios habla. Donde hay sencillez, Dios nace. Y donde Dios nace, todo se vuelve nuevo.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial
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