EL ESPÍRITU SANTO: EL GRAN DESCONOCIDO
Artículo Nro. 1.
¿Quién es el Espíritu Santo?
“El
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
nos ha sido dado.”
(Romanos 5,5)
Muchas veces los cristianos hablamos del Padre y del Hijo con facilidad, pero cuando pensamos en el Espíritu Santo surgen dudas, silencios o ideas confusas. Algunos lo imaginan solamente como una fuerza, una emoción intensa o un símbolo espiritual. Sin embargo, la fe de la Iglesia nos enseña algo mucho más grande y hermoso: el Espíritu Santo es Dios verdadero, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, Señor y dador de vida.
Vivimos en un mundo lleno de ruido, cansancio, incertidumbre y heridas interiores. Hay corazones agotados, familias que necesitan paz, jóvenes buscando sentido y personas que desean volver a empezar. Precisamente allí quiere actuar el Espíritu Santo. Él no viene a alejarnos de la realidad, sino a renovar nuestra vida desde dentro. Donde el Espíritu Santo entra, nace la esperanza. Donde Él actúa, renace la fe. Donde Él permanece, florece el amor.
Muchos santos llamaron al Espíritu Santo “el gran desconocido”, porque, aunque está presente en toda la vida de la Iglesia, muchas veces no lo invocamos ni descubrimos su acción cotidiana. Sin embargo, desde el inicio de la Biblia hasta el último libro del Apocalipsis, el Espíritu Santo aparece actuando silenciosa y poderosamente en la historia de la salvación.
La Sagrada Escritura nos revela que el Espíritu Santo estuvo presente desde la creación del mundo:
“El
Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.”
(Génesis 1,2)
El Espíritu Santo es el soplo divino que da vida, orden, belleza y armonía. En el Antiguo Testamento descendía sobre profetas, jueces y reyes para guiarlos en su misión. Pero en Jesucristo ocurre la gran revelación: el Espíritu Santo ya no actuaría solamente sobre algunas personas, sino que sería derramado sobre toda la Iglesia.
Jesús habló continuamente del Espíritu Santo. Lo llamó:
En el Evangelio según san Juan, el Señor promete:
“Yo
rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con
ustedes.”
(Juan 14,16)
El Espíritu Santo no reemplaza a Cristo. Nos conduce hacia Cristo. Nos recuerda sus palabras, fortalece nuestra fe y nos ayuda a vivir como verdaderos hijos de Dios.
Después de la Resurrección, Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo:
“Reciban
el Espíritu Santo.”
(Juan 20,22)
Ese soplo recuerda el momento de la creación de Adán. Cristo resucitado inaugura una nueva creación. El Espíritu Santo da vida nueva al corazón humano.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
“Nadie
puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por influjo del Espíritu Santo.”
(CIC 683)
La Iglesia también proclama en el Credo:
“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.”
San Basilio Magno, en su célebre tratado Sobre el Espíritu Santo, enseñaba que el Espíritu es fuente de santificación, luz interior y comunión con Dios.
Asimismo, San Juan Pablo II recordó en la encíclica Dominum et Vivificantem que el Espíritu Santo sigue actuando en el mundo incluso en medio de las crisis y oscuridades de la humanidad.
El Espíritu Santo actúa hoy
El Espíritu Santo no pertenece solamente al pasado bíblico. Él continúa actuando hoy:
Muchas veces el Espíritu Santo actúa discretamente. No siempre hace ruido. A veces obra como una suave brisa que devuelve la paz, ilumina una decisión importante o concede fortaleza en medio de la prueba.
La Iglesia necesita hoy cristianos abiertos al Espíritu Santo:
Sin el Espíritu Santo, la Iglesia se convierte solamente en una estructura humana. Con Él, la Iglesia permanece viva, joven y misionera.
Para meditar
•
El Espíritu Santo sigue actuando silenciosamente en nuestra vida.
• Dios no abandona a quienes le abren el corazón.
• Pentecostés comienza cuando dejamos que el Espíritu transforme nuestra
interioridad.
Compromiso espiritual del día
Hoy invocaré al Espíritu Santo al iniciar mis actividades y antes de tomar una decisión importante.
Oración final
Ven,
Espíritu Santo.
Ilumina nuestra mente, fortalece nuestra fe y renueva nuestro corazón.
Enséñanos a escuchar la voz de Dios en medio del ruido del mundo.
Haz de nuestra vida un reflejo vivo de Jesucristo y concede a tu Iglesia un
nuevo Pentecostés de esperanza, santidad y misión.
Amén.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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