Serie:
“Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy”
Artículo N.º 5
La solemne apertura del Concilio Vaticano II
“Un nuevo Pentecostés para la Iglesia”
“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo.” (Hechos 2,4)
El 11 de octubre de 1962 quedó grabado para siempre en la historia de la Iglesia Católica. Ese día, bajo la majestuosa cúpula de la Basílica de San Pedro, comenzó oficialmente el Concilio Vaticano II.
Aquella jornada no fue simplemente una ceremonia solemne ni una reunión administrativa de obispos. Fue un acontecimiento espiritual extraordinario que reunió a la Iglesia universal alrededor de Cristo para discernir cómo anunciar el Evangelio al mundo contemporáneo con renovada fidelidad, ardor y esperanza.
Muchos de los presentes tuvieron la impresión de estar viviendo algo semejante a un nuevo Pentecostés.
La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, se disponía a escuchar la voz de Dios para responder a los desafíos de su tiempo.
Una mañana histórica
Desde muy temprano comenzaron a llegar miles de personas a la Plaza de San Pedro.
Obispos provenientes de todos los continentes ingresaban solemnemente en procesión hacia la Basílica.
Era una imagen impresionante de la catolicidad de la Iglesia.
Allí estaban reunidos:
Participaban aproximadamente 2,540 padres conciliares, convirtiéndose en la asamblea más numerosa de toda la historia de los concilios ecuménicos.
Por primera vez podía contemplarse de forma tan visible la universalidad de la Iglesia:
Todos reunidos alrededor de Pedro.
La Iglesia reunida alrededor de Cristo
Aunque las cámaras del mundo estaban enfocadas sobre Roma, el verdadero protagonista no era ningún hombre.
El verdadero protagonista era el Espíritu Santo.
La Iglesia no se reunía para discutir opiniones humanas.
Se reunía para buscar la voluntad de Dios.
Por eso la celebración estuvo marcada por:
Los padres conciliares sabían que solamente desde la docilidad a Dios podrían cumplir adecuadamente su misión.
El discurso de apertura de San Juan XXIII
Uno de los momentos más importantes de aquella jornada fue el histórico discurso de apertura pronunciado por San Juan XXIII.
Este discurso es conocido por sus primeras palabras en latín:
Gaudet Mater Ecclesia
“Se alegra la Madre Iglesia”
Desde el inicio, el Papa quiso transmitir un mensaje de esperanza.
No
habló desde el miedo.
No habló desde el pesimismo.
Miró la realidad del mundo con realismo, pero también con profunda confianza en la acción de Dios.
San Juan XXIII afirmó que la Iglesia no debía limitarse a condenar errores, sino que debía presentar con claridad y caridad la belleza de la verdad cristiana.
Sus palabras marcaron el tono espiritual de todo el Concilio.
La misión permanente de la Iglesia
En su discurso, el Papa recordó una verdad fundamental:
La doctrina católica no cambia.
Lo que puede renovarse son las formas pastorales de transmitir esa misma verdad eterna.
Por ello señaló que el Concilio no había sido convocado para crear una nueva fe, sino para ayudar al mundo a comprender mejor el Evangelio.
Cristo sigue siendo:
La misión de la Iglesia consiste en anunciarlo fielmente a todas las generaciones.
Un signo visible de unidad
La apertura del Concilio mostró algo extraordinario.
Obispos de culturas, idiomas y realidades muy diferentes rezaban juntos, celebraban juntos y buscaban juntos la voluntad de Dios.
La diversidad no destruía la unidad.
La unidad nacía de la comunión en Cristo.
Esta imagen sigue siendo una enseñanza para la Iglesia actual.
La verdadera unidad no consiste en pensar todos exactamente igual en cuestiones secundarias.
La verdadera unidad consiste en permanecer unidos:
Un acontecimiento para todos los bautizados
Aunque el Concilio era celebrado por los obispos, su finalidad alcanzaba a toda la Iglesia.
Los frutos esperados beneficiarían:
Uno de los grandes aportes del Concilio será precisamente recordar que todos los cristianos tienen una vocación y una misión dentro de la Iglesia.
Por el Bautismo:
La esperanza cristiana frente al pesimismo
San Juan XXIII rechazó lo que llamó los “profetas de calamidades”.
No ignoraba los problemas del mundo.
Conocía:
Pero estaba convencido de que Dios seguía actuando en la historia.
La Iglesia no puede vivir encerrada en el miedo.
Debe vivir anclada en la esperanza.
Porque Cristo ha vencido al pecado y a la muerte.
Por eso el Concilio comenzó con una actitud profundamente esperanzadora.
Un nuevo Pentecostés
Muchos participantes describieron el Concilio como un nuevo Pentecostés.
No porque fuera una nueva revelación.
La Revelación terminó con los Apóstoles.
Sino porque el Espíritu Santo renovaba el ardor espiritual de la Iglesia para anunciar con mayor fuerza el Evangelio.
La Iglesia sigue necesitando hoy ese mismo Espíritu.
Sin Él:
La apertura del Concilio y nuestra vida
Cada bautizado está llamado a vivir una apertura semejante.
Así como la Iglesia abrió su corazón a la acción del Espíritu Santo, también nosotros debemos permitir que Dios renueve nuestra vida.
El Señor quiere:
La verdadera renovación comienza siempre en el corazón.
Tres mensajes de hoy
Pensar, sentir y actuar
La solemne apertura del Concilio Vaticano II nos invita a mirar el futuro con esperanza cristiana. Dios sigue actuando en la historia y continúa guiando a su Iglesia. También hoy necesitamos abrir nuestro corazón a la gracia, abandonar el miedo y confiar en que el Espíritu Santo puede renovar nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra misión evangelizadora.
Propósito para hoy
Invocaré varias veces durante el día al Espíritu Santo diciendo: “Ven, Espíritu Santo, renueva mi corazón y hazme fiel discípulo de Cristo”.
Oración final
Espíritu Santo, alma de la Iglesia, así como guiaste a los padres conciliares en la apertura del Concilio Vaticano II, guía también nuestra vida. Ilumina nuestra mente, fortalece nuestra fe y ayúdanos a vivir con fidelidad nuestro Bautismo. Haz de nosotros instrumentos de unidad, esperanza y evangelización para la gloria de Dios. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial
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