Viernes después de Ceniza
20 de febrero de 2026
Tiempo
de Cuaresma
Santos Francisco y Jacinta Marto
Octavo día de la Novena en honor a Jesús Nazareno de Atalaya
El ayuno que ilumina: corazón contrito, caridad viva y esperanza en Cristo Esposo
El ayuno que Dios quiere: un corazón que se convierte y ama
La Iglesia apenas comienza el camino cuaresmal y ya la Palabra de Dios nos sitúa en el centro del combate espiritual: no basta una práctica externa; Dios quiere el corazón. El profeta Isaías alza la voz con fuerza profética: el pueblo ayuna, se mortifica, cumple ritos… pero su vida no cambia. El Señor responde con claridad: el ayuno que Él quiere es “romper las cadenas injustas, compartir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo” (cf. Is 58, 6-7).
No es una crítica al ayuno en sí. Es una purificación del ayuno. La tradición bíblica y patrística siempre ha enseñado que el ayuno auténtico está unido a la limosna y a la oración. San León Magno afirmaba que el ayuno sin misericordia es un cuerpo sin alma. El profeta no rechaza la penitencia; la eleva. Nos recuerda que la verdadera conversión transforma nuestra relación con Dios y con el hermano.
Y la promesa es luminosa: “Entonces surgirá tu luz como la aurora”. La Cuaresma no es oscuridad; es amanecer. No es tristeza estéril; es purificación que conduce a la luz.
“A un corazón contrito, Señor, tú no lo desprecias”
El Salmo 50, el gran salmo penitencial de la Iglesia, pone en nuestros labios la súplica del corazón humilde. No se trata de culpas paralizantes, sino de una contrición esperanzada. El corazón contrito no es un corazón derrotado; es un corazón abierto.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la conversión es ante todo obra de la gracia (cf. CIC 1432). Dios no humilla al pecador; lo levanta. Cuando el alma reconoce su fragilidad, Dios la reviste de su misericordia.
Esta certeza es profundamente consoladora para nuestra comunidad parroquial. Podemos comenzar de nuevo. Podemos recomenzar tantas veces como sea necesario. Ninguna herida es definitiva cuando se coloca en las manos de Cristo.
El Esposo está con nosotros
En el Evangelio, los discípulos de Juan preguntan por qué los discípulos de Jesús no ayunan. La respuesta del Señor es decisiva: “¿Pueden guardar luto mientras el esposo está con ellos?” (Mt 9, 15).
Cristo se presenta como el Esposo. Es una imagen nupcial profundamente arraigada en la Escritura, desde Oseas hasta el Apocalipsis. Jesús no elimina el ayuno; lo sitúa en su verdadero contexto: la relación de amor con Él. El ayuno cristiano no es mera disciplina; es expresión de deseo. Ayunamos porque anhelamos al Esposo. Ayunamos para que nuestro corazón no se apegue a lo pasajero.
Vendrán días —dice el Señor— en que el Esposo será arrebatado, y entonces ayunarán. La Iglesia vive en esa tensión: Cristo ha resucitado, pero aún caminamos hacia la plenitud. Nuestra penitencia es espera activa, esperanza vigilante.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
Amen
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