Serie:
“Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy”
Artículo N.º 17
Sacrosanctum Concilium – Capítulo VII
El Arte Sacro y los objetos destinados al culto
“La belleza al servicio de la gloria de Dios”
“Señor, amo la belleza de tu casa y el lugar donde reside tu gloria.” (Salmo 26,8)
Desde los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia ha comprendido que la belleza posee una fuerza extraordinaria para conducir el corazón humano hacia Dios.
La fe no solamente se anuncia mediante palabras.
También se comunica mediante la belleza.
Un templo armonioso, una imagen sagrada, una pintura religiosa, una escultura, un vitral, un cáliz o un altar pueden convertirse en auténticos instrumentos de evangelización.
Por esta razón, el Concilio Vaticano II dedicó el último capítulo de Sacrosanctum Concilium al arte sacro y a los objetos destinados al culto divino.
La Iglesia reconoce que la belleza auténtica tiene una profunda dimensión espiritual porque refleja, aunque sea imperfectamente, la infinita belleza de Dios.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha sido una gran promotora del arte.
Las catedrales, monasterios, iglesias, pinturas, esculturas, mosaicos y obras musicales que han surgido en el seno del cristianismo forman parte del patrimonio cultural y espiritual de la humanidad.
Sin embargo, durante el siglo XX surgieron nuevas corrientes artísticas que planteaban desafíos sobre la relación entre arte, belleza y culto divino.
Los Padres Conciliares quisieron ofrecer criterios claros para conservar la dignidad del arte sagrado y asegurar que estuviera siempre al servicio de la fe y de la liturgia.
La belleza conduce a Dios
Una de las enseñanzas fundamentales de este capítulo es que la auténtica belleza tiene una dimensión evangelizadora.
La belleza verdadera:
Por ello la Iglesia siempre ha considerado el arte como un valioso instrumento para anunciar el Evangelio.
La belleza puede abrir caminos hacia la fe incluso en personas alejadas de la Iglesia.
El arte al servicio de la liturgia
El Concilio enseña que el arte sacro no existe para satisfacer gustos personales ni para exhibir riqueza material.
Su finalidad principal es servir a la liturgia.
Toda obra destinada al culto debe ayudar a los fieles a participar más profundamente en los santos misterios.
Por ello:
deben contribuir a crear un ambiente de oración, reverencia y adoración.
El templo: casa de Dios y casa del pueblo cristiano
La iglesia parroquial no es simplemente un salón de reuniones.
Es la casa de Dios.
Es el lugar donde Cristo reúne a su Pueblo.
Por ello el Concilio insiste en que los templos deben construirse y ornamentarse de manera digna.
Su disposición debe favorecer:
La arquitectura sagrada debe expresar visiblemente la fe de la Iglesia.
Las imágenes sagradas
La Iglesia ha defendido siempre el uso legítimo de las imágenes sagradas.
Las imágenes:
La veneración de las imágenes no se dirige al material del que están hechas.
Se dirige a la persona representada.
Por ello la Iglesia distingue claramente entre:
La Santísima Virgen María y los santos
Las representaciones de la Santísima Virgen María y de los santos ocupan un lugar importante en la vida de la Iglesia.
Ellos son:
Las imágenes ayudan a recordar que la Iglesia no está formada solamente por quienes peregrinamos en la tierra, sino también por quienes ya participan de la gloria celestial.
Los objetos destinados al culto
El Concilio presta especial atención a los objetos utilizados en la liturgia.
Entre ellos destacan:
Estos objetos deben ser dignos y apropiados para el culto divino.
No son simples utensilios.
Están destinados al servicio de los misterios sagrados.
Noble belleza y no lujo excesivo
Sacrosanctum Concilium utiliza una expresión muy importante:
“Noble belleza.”
La Iglesia no busca ostentación ni extravagancia.
Tampoco favorece la pobreza estética que empobrece la liturgia.
Busca una belleza digna, equilibrada y auténticamente orientada hacia Dios.
La noble belleza ayuda a descubrir la trascendencia del misterio celebrado.
Los artistas y la misión evangelizadora
El Concilio dirige también una palabra especial a los artistas.
La Iglesia aprecia profundamente su vocación.
Los artistas tienen la misión de traducir la verdad, la bondad y la belleza en obras que ayuden a acercar las almas a Dios.
Cuando el arte se pone al servicio de la fe, se convierte en un poderoso instrumento de evangelización.
La belleza del cielo reflejada en la tierra
Toda la liturgia apunta hacia la Jerusalén celestial.
Los templos, las imágenes, las vestiduras y los objetos sagrados intentan reflejar algo de esa gloria futura.
Por ello la belleza litúrgica tiene una dimensión escatológica.
Nos recuerda que caminamos hacia la plenitud del Reino de Dios.
Cada templo es una anticipación de la Casa del Padre.
Cada celebración es un anticipo de la liturgia eterna del cielo.
Voz del Magisterio
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
“El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar el misterio trascendente de Dios.”
(CEC 2502)
Asimismo, San Juan Pablo II enseñó que la belleza constituye un camino privilegiado para el encuentro con Dios.
Por su parte, Benedicto XVI recordó que la belleza auténtica es capaz de despertar en el hombre el deseo de la verdad y de la eternidad.
Este capítulo nos invita a reflexionar:
La belleza auténtica no nos distrae de Dios.
Nos conduce hacia Él.
Defensa de la fe
Error frecuente
“Las imágenes religiosas son ídolos prohibidos por la Biblia.”
Respuesta católica
La Iglesia distingue claramente entre adoración y veneración. La adoración pertenece únicamente a Dios. Las imágenes sagradas son ayudas para la oración y la catequesis, y la veneración se dirige a las personas representadas, no a los materiales de la imagen. Esta doctrina fue definida solemnemente por el Segundo Concilio de Nicea.
Propósito para hoy
Dedicaré unos minutos a contemplar una imagen sagrada de Cristo, de la Santísima Virgen María o de algún santo, pidiendo que su ejemplo fortalezca mi camino de santidad.
Oración final
Señor Dios, fuente de toda verdad, bondad y belleza, haz que nuestros templos, nuestras imágenes y nuestras celebraciones reflejen siempre tu gloria. Que la belleza de la liturgia eleve nuestros corazones hacia Ti y nos ayude a contemplar desde ahora la alegría eterna de tu Reino. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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